jueves, noviembre 25, 2004

Vidas etílicas, investigando a los borrachos

Durante el pasado X Salón del Manga de Barcelona, Ivréa presentó un manga bastante peculiar. Con una portada en que se aparece una joven japonesa con los palillos de comer en los orificios nasales mientras saca la lengua y una contraportada repleta de pequeñas fotografías con todo tipo de niponas bebiendo alcohol y haciendo muecas en aparente estado de embriaguez, queda claro que estamos ante una obra muy diferente a todo lo que se haya editado antes. Los guiños de la portada ("Leer con moderación" o "Vidas Etílicas, cosecha 2004, otro producto de bodegas Ivréa") también llaman la atención. Es pronto para saber si este tomo único habrá tenido buenas ventas o no, pero lo que está claro es que no ha dejado al mundillo indiferente y que ha sido uno de las principales temas de conversación en los foros de internet sobre manganime desde su edición. Vidas etílicas es un manga creado por Tomoko Ninomiya, con una fuerte carga autobiográfica, aunque exagerada y distorsionada para facilitar el dinamismo de las historias. Las tres partes de que consta este shôjo destinado a un público adulto fueron recopiladas por la editorial japonesa Shodensha en 2003 en el tomo unitario que ahora podemos encontrar en nuestras tiendas.

Tomoko Ninomiya es una joven dibujante de manga que vive con su hermana menor y que ha formado junto a varias amistades el llamado "Instituto de Investigaciones de Borrachos", del que ella es directora. La actividad de dicho grupo consiste en estudiar los efectos y consecuencias del alcohol, y para ello todos se emborrachan a la mínima ocasión. Ebrios, resacosos, con el hígado deshecho o en el estado lamentable que sea, Ninomiya y compañía viven mil y una vivencias en las que el alcohol y sus efectos tienen vital importancia. A partir de ellas, vemos las relaciones entre la chica y sus amistades, sus hermanas, sus padres o los vecinos del barrio. Tras los 25 informes del Instituto de Investigaciones de Borrachos, tenemos la segunda parte del manga, dos historias tituladas "Vamos a beber", que tienen por protagonistas a dos populares oficinistas encargados de la Sección 2 de la empresa, que tienen a comer de sus manos a toda la compañía y que tienen un gran aguante al alcohol, no como sus compañeros de sección. Finalmente, la tercera parte son dos historias también autobiográficas de la autora, en una de las cuales narra los preparativos para su boda con un viejo conocido...

Diferente. Sin duda alguna, ése es el adjetivo que mejor retrata a Vidas etílicas. Un compendio de historias en las que se explican decenas de anécdotas ocasionadas por la ingesta de alcohol, a menudo desvaríos absolutos, y situaciones realmente absurdas, a la vez que se observa de un modo más o menos claro la evolución en la vida de la autora, de una juventud pegada a la botella a una vida donde el alcohol sigue presente pero no es esencial. Tomoko Ninomiya hace un repaso por su juventud para dibujar todo aquello que recuerda de la época, en la que la borrachera diaria era casi imprescindible. Mediante esas anécdotas, lleva a cabo una suave crítica al abuso de las bebidas alcohólicas, haciendo que la mayoría de sus lectores se sientan identificados al menos con alguna de las situaciones que narra. Tanto los 25 informes del Instituto de Investigaciones de borrachos como los capítulos de "Vamos a beber" o las historias finales rebosan sentido del humor, haciendo casi mofa y befa del comportamiento que los borrachos tienen, pero sin faltarles al respeto. Por eso, este tomo parece tener mayor éxito entre un público que se autodeclara bebedor empedernido (con moderación o sin ella), mientras que para los abstemios puede tener gracia al principio, pero acabar
les cansando. La historia cuanto menos es curiosa y está plagada de situaciones poco menos que grotescas, unas más graciosas y otras menos. Los personajes no tienen demasiada profundidad, ni falta que les hace, su función es la de aparecer en esas anécdotas que Ninomiya recuerda. Sólo ella parece tener una personalidad definida. El grafismo sigue esa línea que algunos denominan "simpleza compleja", es decir, un dibujo con pocas tramas y menos fondos aún, con trazos simples y sin florituras. Para una obra así, posiblemente sea el mejor tipo de dibujo a utilizar. La edición que nos ofrece Ivréa es, como acostumbra, estupenda. El tomo, de cerca de 300 páginas, tiene el formato bunko original (el mismo formato que La rosa de Versalles), es decir, que sus dimensiones son más reducidas que el de un tankoubon normal. El papel es excelente y la impresión le va a la zaga. Además, éste es uno de los mangas en que más se agradecen las siempre edificantes páginas de aclaraciones sobre la traducción, ni más ni menos que 8 páginas que aclaran los numerosos aspectos culturales que aparecen a lo largo del cómic. Por todo ello, nos encontramos ante un título impecablemente editado, a un buen precio y que es, sin ningún género de dudas, una lectura diferente. Un retrato exagerado (o tal vez no) de una vida bañada en alcohol con el que no podrás reprimir unas cuantas sonrisas mientras te dices "esto me suena" y, tal vez, haces un poco de autocrítica.

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